Hoy en día, los estudiantes viven en un entorno
estresante. No sólo tienen muchas asignaturas en el colegio sino que, además,
muchos de ellos realizan actividades extraescolares y a veces padres y
profesores nos olvidamos de que son niños y les exigimos como adultos. Además,
un sistema educativo en el que el alumno sufre pruebas y cambios constantes
desde los 16 años demanda una motivación para el estudio, que, a veces,
pierden.
Dando por supuesto que la motivación es necesaria
para el aprendizaje, una de sus consecuencias es que el aprendizaje se inhibirá
cuando haya una falta de motivación.
El término motivación se usa en contextos donde
el estudiante constantemente se enfrenta a retos nuevos y desconocidos. El
estudiante motivado se suele considerar fiel, positivo y activo, siempre
interesado en los aspectos del conocimiento, mientras que el alumno no motivado
puede llegar a considerarse, incluso por algunos agentes educativos, como
"carne de cañón", ya que termina siendo un elemento disruptivo en el
aula.
La motivación por parte de los alumnos es
fundamental y al profesor, en general, le da igual la razón por la que el
alumno está motivado, lo importante es que lo esté. Sin embargo, realmente, no
es verdad que a todos los alumnos motivados les guste la asignatura. Hay grados
de atracción de la asignatura, influye el material que el profesor entrega,
influye el grado de implicación del profesor y, por supuesto, el estado
personal del alumno.
En resumen, podemos definir "motivar" o
"animar" como la “potenciación de todos los factores capaces de
provocar, mantener y dirigir la conducta hacia un objetivo y, en nuestro caso,
hacia el fomento de la actividad lectora en nuestros alumnos”.