domingo, 30 de noviembre de 2014

SESIÓN INDIVIDUAL CON UN ALUMNO DE 2. DE LA ESO

Mi tutora me ha comentado que tanto los profesores como ella misma están preocupados por un alumno de 2. de la ESO. Hasta ahora nunca han notado nada extraño en él, pero desde que ha empezado este último curso, todos los profesores coinciden en que lo notan muy despistado.
El problema es que se distrae fácilmente y parece que ello se nota en el rendimiento del alumno en el aula. Por ello, mi tutora, junto con el resto de profesionales, ha decidido sacarlo de clase y realizar una sesión psicopedagógica individual con él, para conocer su perspectiva del problema y así poder obtener más información acerca del alumno y de lo que le pueda estar pasando.
Por ello, mi tutora, en colaboración con los profesores del propio alumno, ha decidido realizar una sesión individual con el, en el que poder charlar y realizarle la prueba llamada “RAVEN”.
Por tanto, a las 15:30 de la tarde, nos hemos dirigido al aula de segundo y le hemos pedido a este alumno que venga con nosotros. Una vez en el despacho de la psicopedagoga, le hemos puesto en situación al alumno, que en esos momentos parecía bastante nervioso, y hemos podido establecer una pequeña conversación con él. Mi tutora le ha puesto al día sobre la preocupación que existe entre los distintos profesionales debido a sus continuas distracciones. Después le ha preguntado cómo lo vive él, y este nos ha comentado que es muy consciente de sus dificultades de concentración. Nos ha explicado que ha probado miles de formas de mantener la atención en clase pero que la mayoría de las veces le resulta imposible.
Después le hemos preguntado porque cree él que le pasa eso, si tiene algo más en la cabeza que en realidad le preocupe y le haga desconectar de las clases; o si es simplemente una dificultad a la hora de prestar atención o concentrarse en algo. Este nos ha dejado claro  que no hay nada que le preocupe y que por consiguiente le haga perder la concentración en otras cosas. Por ello, y como habíamos pensado desde el principio, le hemos dado paso al TEST DE RAVEN. Nada más terminar el test, el alumno se ha tenido que marchar, por lo que mi tutora ha quedado con el la próxima semana, en la que seguirá trabajando con el.
Me parece importante en este punto, recalcar la necesidad de que los alumnos participen en la definición de sus propios problemas. Es decir, los seres humanos somos activos en la medida en que podemos concebir una meta asequible. Esta misma idea es la que justifica la necesidad de que los maestros participen en la definición de los problemas de sus alumnos y, es la que se deduce de una buena parte de las teorizaciones sobre los procesos de aprendizaje y de enseñanza.
A este razonamiento cognitivo (sólo podemos ser activos en relación con algo que nos proponemos conseguir), debe añadirse otro que está relacionado con variables emocionales: la forma como los alumnos se sienten con respecto a sus dificultades, que es un sentimiento que depende, de la manera como las conciben.
“No puedo concentrarme como el resto de la clase”, “no sé concentrarme”, "el profesor me llama la atención”.
Estas valoraciones, son demasiado genéricas, y por lo tanto, difícilmente podrán estimular hacia el cambio, ya que son resultados de un proceso de comparación con los compañeros de aula, comparación que tiene efectos desastrosos para la autoimagen y para los sentimientos de esperanza y de confianza.
Debemos comprender que con estas valoraciones los alumnos explican sus problemas por la presencia de rasgos o causas de carácter interno (“Hay algo en mí que no me deja concentrarme”); se trata de una idea que no contribuirá precisamente a enaltecer la imagen que tienen de sí mismos.
Son valoraciones que implican, además, una explicación en la que se admite que hay algo estable o permanente que conduce al fracaso (“Soy malo, no tengo capacidad para esto”), lo que deja poco margen a la esperanza (“Si esto va a seguir siempre así, ¿qué motivos podemos tener para esperar un cambio?). Y finalmente, suponen que la causa del problema no está controlada (“Yo lo intento, pero no puedo evitar perder la concentración”), actitud que difícilmente puede despertar confianza en las propias posibilidades.
Estas valoraciones no animan al cambio: cognitivamente porque no se vislumbra una meta que se pueda alcanzar; y emocionalmente, porque crean emociones y sentimientos (desvaloración, desesperanza y desconfianza hacia uno mismo) que van en contra del cambio.
Además, existe una última razón para plantearse sistemáticamente esta cuestión. Se trata de abordar la multidimensionalidad de los problemas, ya que, los alumnos con algún tipo de dificultad en el aprendizaje, también manifiestan dificultades en los procesos de ajuste emocional.
Y estos problemas asociados se pueden atender al mismo tiempo que se intentan resolver los problemas de carácter cognitivo.
Por lo tanto, esto es lo que debería intentarse: 
1) Que los alumnos aprendan a identificar por si mismos sus problemas concretos, mediante una definición operativa y potencialmente resoluble. 
2) Al mismo tiempo, también deben aprender a valorar sus problemas tomándose a si mismos (no a los demás) como referencia. De este modo, los criterios de evaluación deben ser autogenerados: desde sí mismos y respecto a sí mismos.
3) En tercer lugar, y en parte como consecuencia de lo afirmado anteriormente, tienen que cambiar su modo de explicar los problemas.
      a) Que aprecien oscilaciones en su rendimiento y, por lo tanto, cambios.
     b) Que intuyan que el hecho de que en unos casos tenga más distracciones puede depender de lo que el mismo haga en ese momento.
     c)Finalmente, que el hecho de que unas veces sea capaz de concentrase y otras no, puede depender del esfuerzo que haya invertido. 

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